
– ¿Cómo? -respondió Goodman-. ¿Después de decirle al profesor Stanley que eras demasiado listo para algo así?
– En serio, me gustaría ir -insistió Decker-. De hecho, es la razón por la que estoy aquí. A lo mejor estoy algo oxidado, pero leí el artículo de Science y tengo experiencia con casi todo el material con el que van a trabajar.
– Lo que leíste no es más que el principio -Goodman se tomó el tiempo de fruncir el ceño y continuó-: Bueno, no voy a rechazar una oferta de ayuda, pero ya sabes que los gastos corren de tu cuenta; billete, hotel, comida y transporte.
– Sí, ya lo sé -contestó Decker.
– Pero ¿por qué? -preguntó Goodman-. ¿No te habrás convertido en un beato, no?
– No, nada de eso. Sólo es que suena interesante.
Aquélla no era una respuesta muy convincente, así que Decker cogió la sartén por el mango.
– Y ¿por qué va usted? -preguntó-. Usted sí que no cree en nada de estas cosas.
– ¡Por supuesto que no! Sólo quiero aprovechar la oportunidad de acabar con esta historia.
Decker reenfocó la conversación.
– Entonces, ¿puedo acompañarles o no?
– Sí, bueno… Supongo que sí; si estás completamente seguro. Pero déjame hablar antes con Eric -dijo refiriéndose a Eric Jumper, uno de los jefes del equipo-. Tendremos que añadir tu nombre a la lista de miembros del equipo. No sabes cómo es lo de la seguridad en este asunto.
En un abrir y cerrar de ojos Decker había pasado a formar parte del grupo.
– En el sitio adecuado, en el momento oportuno -murmuró para sí.
Habrían de pasar cuarenta y ocho años para darse cuenta de que había sido mucho más que eso.
* * *
Después del desayuno, el equipo se trasladó a una sala de conferencias. Decker no se separó de Goodman, y cuando pasaron el control de seguridad, éste se aseguró de que incluyeran el nombre de Decker en la lista de personas autorizadas a entrar en la sala.
