
– Ya veo, así que te ha dejado tirado, ¿eh? -dijo Stanley con una risita.
– Bueno -dijo Goodman encogiéndose de hombros-, después de todo, sí que es esperar demasiado de un joven que se pague el billete a Turín, para ir tras una quimera.
Decker era todo oídos. La posibilidad de sustituir al asistente desertor se presentaba como una oportunidad mucho más plausible para entrar a formar parte del equipo que el intento de convencerles de que aceptaran la presencia de un segundo reportero. Ahora sólo había que esperar a que se abriera la puerta adecuada.
– Si estás tan seguro de que se trata de una quimera, ¿por qué entonces insistes en acompañarnos? -preguntó Stanley.
– Alguien tiene que velar por que seáis del todo científicos -dijo Goodman con media sonrisa.
Mientras tanto, el comedor se había ido llenando de miembros del equipo que ahora charlaban en pequeños grupos. Uno de ellos reclamó con un gesto al profesor Stanley, que se alejó para saludar al recién llegado. Decker aprovechó el momento para preguntar al profesor Goodman sobre el asistente fugado.
– ¿Qué es exactamente lo que iba a hacer su asistente en este viaje? -preguntó Decker.
– Ah, pues de todo un poco; desde recoger datos a hacer recados de todo tipo. Tenemos proyectada la realización de cientos de experimentos diferentes y es posible que se nos concedan solamente doce horas para realizarlos todos. Es el tipo de situación en el que un par de manos expertas resultarían de gran ayuda.
– Supongo que no estará interesado en un sustituto -preguntó Decker. Contaba con que Goodman no estaría al tanto de que después de abandonar la UT él había dejado el curso preparatorio de medicina y se había pasado a periodismo. Decker sintió una punzada de culpabilidad, pero no era la primera vez que omitía información para conseguir una noticia, y esta vez tampoco eran demasiados datos. Además estaba convencido de que se acordaba de lo suficiente para manejarse. Y para trabajar de recadero tenía calificaciones de sobra.
