Una vez hubo concluido Rinaldi, Tom D'Muhala, artífice de la copia de la Sábana, repasó los detalles logísticos. Tan pronto concluyese la reunión, se procedería a realizar un ensayo general de los experimentos proyectados en un almacén de la fábrica de D'Muhala, en la población vecina de Amston. Los dos días siguientes se dedicarían a ensayar toda la secuencia de experimentos. Había que sacar todo el material, probarlo y volver a embalarlo para su envío a Italia. Se trataba de un intento a gran escala de optimizar los procedimientos científicos antes de viajar a Turín.


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Una docena de reporteros asaltó a los miembros del equipo cuando abandonaban la sala de conferencias. Ignorando las preguntas que les lanzaban a gritos, el equipo se dirigió presuroso hacia el autobús que les esperaba para trasladarlos hasta la fábrica de D'Muhala. Uno de los periodistas -un joven barbudo de unos veinticinco años, con una protuberante y nada agraciada frente- recorrió el lateral del autobús en lo que parecía un intento por ver más de cerca a uno de los pasajeros. Decker observó a sus colegas de la prensa. Era consciente de que su presencia en el equipo no se debía a otra cosa que a un golpe de suerte. Aun así, no pudo evitar sentir cierta satisfacción personal.

La mirada escrutadora del hombre de la barba captó su atención. Al cruzarse sus miradas, Decker reconoció a su amigo Tom Donafin, del Waltham Courier. El breve gesto de asombro que se dibujó en el rostro de Tom se tornó rápidamente en una sonrisa amistosa y de reconocimiento. Visiblemente impresionado, sacudió la cabeza con exagerada incredulidad al tiempo que Decker le devolvía la sonrisa del gato que se acaba de zampar al canario.


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Al entrar en el almacén de la fábrica de D'Muhala donde iba a trabajar el equipo, Decker se quedó impresionado y algo sorprendido ante la planificación, trabajo y gasto invertidos en el proyecto.



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