
Contra las paredes del recinto se apilaban embalajes de madera repletos de material científico de última tecnología por valor de millones de dólares y que había sido cedido por institutos de investigación de todo el país. En el centro, la Sábana de imitación estaba extendida sobre una mesa de quirófano de acero que los ingenieros de D'Muhala habían diseñado y fabricado a propósito, para que la Sábana pudiera extenderse sobre ella sin riesgo alguno. La superficie de la mesa estaba compuesta por más de una docena de paneles extraíbles destinados a facilitar la inspección de las dos caras de la Sábana al mismo tiempo. Cada panel estaba recubierto por una lámina de Mylar bañada en oro de un milímetro de espesor, cuya finalidad era evitar que ni la partícula más diminuta pasara de la mesa a la Sábana y la contaminara. Durante un momento todos permanecieron en silencio. Todas las miradas escudriñaban el material y la sábana falsa. Por fin, Don Devan, informático científico de Oceanographic Services, Inc., especializado en el tratamiento de imágenes, rompió el silencio.
– ¡No está mal! -dijo-. ¡Esto parece muy científico!
El equipo se desperdigó en dirección a los embalajes, y cada miembro se puso a buscar el material que necesitaría para su experimento. A Decker no le faltaron oportunidades para echar una mano. Después de varias horas de trabajo y mientras ayudaba a devolver un enorme microscopio a su caja, Decker pudo escuchar a dos de los científicos -Ray Rogers y John Heller- discutir junto a un embalaje próximo sobre uno de los experimentos. El suyo iba a ser el único en el que se iban a tomar muestras directamente de la Sábana, y lo harían por el procedimiento de colocar tiras de papel adhesivo en el viejo lienzo. Al retirar las tiras, quedarían adheridas al papel pequeñas fibras de la Sábana.