Decker salió del hotel para hacer algunas visitas turísticas mañaneras. A pesar de la proximidad de las montañas, encontró pocas cuestas a lo largo del paseo. A algo menos de medio kilómetro del hotel llegó a Porta Palatina, la inmensa puerta por la que en el 215 a.C., después de tres días de asedio, Aníbal hizo entrada con sus soldados y elefantes en la ciudad romana de Augusta Taurinorum, la antigua Turín. Mientras paseaba, los maravillosos aromas de la mañana empezaron a emanar de las ventanas abiertas de las casas que flanqueaban su camino. A ellos les siguieron las voces de niños jugando. Y luego, la ciudad atemporal se vio repentinamente sumergida en el presente por el parloteo del televisor en la cocina de algún vecino. Era hora de regresar al hotel.


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Al entrar en el vestíbulo, Decker oyó las voces de los del equipo. La reunión matinal con desayuno incluido ya había empezado y la conversación giraba en torno a un problema con el material que había traído desde Estados Unidos. Decker intentó recomponer el rompecabezas de lo que ocurría sin interrumpir. Al parecer, el material había sido enviado a nombre del padre Rinaldi a fin de evitar precisamente los problemas que ahora tenían con la aduana. Rinaldi era ciudadano italiano pero, por desgracia, el tiempo de permanencia en Estados Unidos había sido demasiado largo y muy breve el de estancia en Turín, por lo que no tenía derecho a introducir material en el país sin que éste fuera retenido durante sesenta días. Rinaldi y Tom D'Muhala ya habían viajado a la aduana de Milán para negociar y presionar a las autoridades cara a cara.


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Concluido el desayuno, varios miembros del equipo decidieron recorrer a pie los ochocientos metros que separaban el hotel del palacio real de la Casa de Saboya.



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