
El grupo fue escoltado a través de un patio hasta una zona de acceso restringido del palacio. En todas las esquinas había apostados guardas armados con pequeñas metralletas de fabricación europea. A su entrada, el grupo se detuvo asombrado ante la escala y grandeza de lo que les rodeaba. Había oro por todas partes, en los candelabros, los marcos de los cuadros, en los jarrones, incrustado en los relieves de las puertas y en otras obras de ebanistería. Incluso el papel de las paredes lucía un revestimiento de pan de oro. Y en todos los espacios había cuadros y estatuas de mármol.
Al fondo de un largo salón opulentamente decorado se abría la entrada a los apartamentos del príncipe, donde el equipo realizaría los experimentos. Las puertas, de tres metros de alto, daban paso a un salón de baile de quince por quince, la primera de las siete estancias que conformaban los apartamentos. La segunda sala, en la cual iba a colocarse la Sábana para su examen, era tan majestuosa como la primera. De los techos pintados al fresco con ángeles, cisnes y escenas bíblicas, colgaban arañas de cristal.
