Mientras el avión se elevaba sobre la pista de despegue, Decker contempló la ciudad de Alcoa, en los suburbios del sur de Knoxville. Allá abajo pudo distinguir su pequeña casa en el linde de uno de los parques de Alcoa. Un tropel de inquietantes sentimientos le embargó al verla desvanecerse en el paisaje. Decker había pasado buena parte de su vida viajando. De niño lo hizo con su familia, que se trasladaba de un cuartel militar a otro. Más tarde pasó un año y medio haciendo autoestop por todo Estados Unidos y Canadá y luego cuatro años en el ejército. Se sentía estafado y con suerte al mismo tiempo. Nunca había tenido un hogar y detestaba hacer maletas, pero le entusiasmaba viajar.


* * *

El vuelo llegó a Nueva York con retraso y tuvo que echar una carrera para llegar a tiempo de coger el vuelo de conexión a Milán. Al acercarse a la puerta de embarque buscó algún rostro familiar, aunque infructuosamente. Para ser más exactos, allí no había nadie. Decker se asomó al ventanal. El avión seguía allí, pero en ese instante pudo escuchar como empezaban a rugir los motores. Recorrió con enorme estruendo la alfombra roja que cubría el suelo inclinado de la pasarela y allí casi se choca con una de las azafatas de tierra.

– ¡Tengo que coger ese avión! -le dijo a la mujer con el gesto de súplica más dulce que pudo conseguir.

– ¿Lleva el pasaporte? -preguntó la azafata.

– Sí, aquí mismo -contestó Decker al tiempo que le entregaba el pasaporte y el billete.

– ¿Y el equipaje?

– Es éste -contestó alzando ligeramente una bolsa de mano más grande y llena de lo aceptable.

El avión aún no se había movido y una vez avisado el piloto, sólo hubo que volver a encajar la pasarela.



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