
Decker encontró su plaza y tomó asiento. Allí estaba para recibirle el profesor Harry Goodman, un hombre pequeño de atuendo desgarbado, con el pelo canoso, las gafas de cerca caídas a media nariz y unas pobladas cejas que invadían ceño y frente como las llamas de un fuego de campaña.
– Ya pensaba que me habías dado plantón -dijo el profesor Goodman.
– No me perdería esto por nada del mundo -contestó Decker-. Sólo quería hacer una entrada triunfal.
El profesor Goodman era el vínculo de Decker con el resto del equipo. Goodman había sido profesor de bioquímica en la Universidad de Tennessee (UT) cuando Decker realizaba el curso preuniversitario de medicina. En su segundo año de carrera, Decker había trabajado con Goodman como ayudante de laboratorio. Habían conversado mucho y aunque Goodman no era de los que intiman con nadie, Decker lo consideraba un amigo. Pero algo más tarde, aquel mismo año, Goodman se mostró muy deprimido por un asunto sobre el que se negaba a hablar. Decker pudo descubrir a través de rumores que a Goodman le iban a rescindir el contrato. Esto se podía deber a aquella política suya del «Hazlo primero y pregunta después» que le había costado más de un disgusto con el rector. El curso siguiente, Goodman aceptó un puesto en la Universidad de Los Ángeles, California (UCLA), y Decker no lo había vuelto a ver desde entonces.
