
– Reuter y Associated Press dicen lo mismo que él -un largo rollo de télex cayó como una serpentina y se enredó a los pies del cónsul-. Son hijos de ingleses, hablan como ingleses, viven como ingleses, ¿qué demonios busca un argentino ahí?
Bertoldi mantenía la cabeza gacha pero levantaba los ojos hasta hacerse daño. Alcanzó a ver unos pies desnudos y viejos apoyados en un pedestal de marfiles. Sintió otro codazo.
– Alivio, señor. Un poco de paz.
– ¡Ah, es una guerra santa, entonces! Sin embargo Mister Burnett pide soldados, no filósofos. Voy a decirle una cosa, embajador: no me disgusta que los ingleses reciban una lección de tanto en tanto, pero al final siempre somos nosotros los que pagamos los platos rotos. Si ustedes siguen en esa condenada isla voy a tener que mandar un batallón y bien sabe Dios que mi gente no ha visto nunca el mar…
– Usted insinúa que…
El Primer Ministro le hundió el codo en las costillas.
– ¿Qué tiempo hace allí ahora?
– ¿Dónde…? -el cónsul sintió una oleada de calor que le subía por la espalda.
– En las Falkland.
– ¡No me diga que…! -el cónsul hablaba en español.
– Hielo, nieve, siempre nos tócalo peor…
– ¡… recuperamos las Malvinas!
– ¿Qué dice?
– ¡Viva la patria, carajo!
El Primer Ministro estrelló el zapato contra una pantorrilla del cónsul que gritaba como un desaforado.
– Sí, parecen inmensamente imbéciles -dijo el Emperador con voz cansada-. Sáquenlo de aquí. ¡Fuera! ¡Que vengan los otros!
Dos hombres lo arrastraron hasta la puerta. El cónsul alcanzó a dar otros tres vivas a la patria y antes de que lo sacaran escaleras abajo pudo oír que el Emperador se sonaba ruidosamente la nariz.
3
Calles prolijas, canales mansos, un lago cristalino. La primavera que asoma en las macetas que adornan los balcones. ¿Qué podía importarle a Lauri esa ciudad si era un azar, un cruce de caminos, un punto de fuga?
