
– Son los colores de la Argentina, excelencia.
– Con más razón.
El Primer Ministro le arrancó la escarapela y la arrojó canasto de los papeles.
– Protesto, señor.
– A la salida la recoge, hombre. Vamos.
Atravesaron un corredor y luego dos salones infinitos y desiertos. Todas las ventanas estaban protegidas por barrotes. Se detuvieron ante una puerta custodiada por dos hombres de túnicas verdes y bonetes que terminaban en cabeza de serpiente. El Primer Ministro habló con un secretario y señaló a Bertoldi. El cónsul se dijo que sería, mejor negarlo todo. La puerta empezó a abrirse pesadamente y el Primer Ministro lo tiró de un brazo. Bertoldi bajó la cabeza y se vio la punta de los zapatos gastados. La habitación estaba en semipenumbra. Una luz difusa insinuaba las columnas del trono talladas en oro. De reojo, vio al Primer Ministro doblado en dos y más allá un bulldog con un collar de diamantes. Sintió el silencio y la frescura del templo hasta que desde lo alto le llegó una voz ronca y vieja.
– Explíquese, embajador. Yo creía conocer todas las formas de la estupidez humana, pero ésta me deja perplejo.
El cónsul permaneció callado hasta que el Primer Ministro lo sacudió de un codazo.
– Mister Burnett exagera, Majestad.
