
– Ya ve, Quomo, el mundo es un pañuelo -dijo el gordo, y encendió la luz.
En su cara había una ligera sonrisa de satisfacción. El borracho se había llevado al suelo la mesa destartalada trataba de incorporarse agarrándose de una silla. Un surco rojo le bajaba por la ceja derecha.
– Lo voy a hacer fusilar -dijo-. Se lo prometo.
Lauri se levantó a ayudarlo. Lo tomó de los brazos y tironeo, pero apenas alcanzó a moverlo. Tenía la piel de un marrón oscuro y brillante, como las berenjenas.
– ¡Rusos! -gritó el gordo- ¡A quién se le ocurre confiar en los rusos!
Se aflojó la corbata, sacó un pañuelo grande como un mantel y se lo pasó por el cuello y la papada.
– ¿Dónde estaba el pueblo? ¿Dónde? -preguntó y se dirigió a Lauri que había vuelto a sentarse sobre la cama-. ¡Sólo los ingenuos y los borrachos confían en el pueblo…!
El otro se tomó de los barrotes de la cama y consiguió sentarse en el suelo.
– Su vida no tiene misterio, Patik -dijo en voz baja-. Me da pena verlo así…
