Oyó que se llevaban por delante los zapatos del pasillo y luego percibió el ruido de una llave que entraba en la cerradura. Se sentó en la cama y encendió la lámpara. Afuera la discusión subía de tono y uno de los hombres empezó a maltratar el picaporte mientras pateaba la puerta. Era la primera vez que Lauri oía levantar la voz en Suiza. Del otro lado, uno de los que gritaban cargó contra la puerta, que cedió con un chasquido de madera astillada. Una sombra torcida trató de alcanzar la llave de la luz, pero no pudo mantenerse en equilibrio y se derrumbó en la oscuridad. La mesa se volcó y la lámpara se apagó al golpear contra el piso. El caído se quejó, empujó la cama y se golpeó contra al duro. En el umbral apareció una figura rechoncha que tapó la escasa iluminación que llegaba del pasillo.

– Ya ve, Quomo, el mundo es un pañuelo -dijo el gordo, y encendió la luz.

En su cara había una ligera sonrisa de satisfacción. El borracho se había llevado al suelo la mesa destartalada trataba de incorporarse agarrándose de una silla. Un surco rojo le bajaba por la ceja derecha.

– Lo voy a hacer fusilar -dijo-. Se lo prometo.

Lauri se levantó a ayudarlo. Lo tomó de los brazos y tironeo, pero apenas alcanzó a moverlo. Tenía la piel de un marrón oscuro y brillante, como las berenjenas.

– ¡Rusos! -gritó el gordo- ¡A quién se le ocurre confiar en los rusos!

Se aflojó la corbata, sacó un pañuelo grande como un mantel y se lo pasó por el cuello y la papada.

– ¿Dónde estaba el pueblo? ¿Dónde? -preguntó y se dirigió a Lauri que había vuelto a sentarse sobre la cama-. ¡Sólo los ingenuos y los borrachos confían en el pueblo…!

El otro se tomó de los barrotes de la cama y consiguió sentarse en el suelo.

– Su vida no tiene misterio, Patik -dijo en voz baja-. Me da pena verlo así…



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