
Bruscamente. El gordo se inclinó, atrajo al borracho contra sus rodillas y le habló con una ternura melosa y poco convincente.
– Si usted se dejara de joder con eso del comunismo el mundo sería nuestro, Quomo -dijo, y le dio una palmada en la mejilla. Iba a seguir el discurso, pero el otro lo apartó con un ademán de fastidio.
El gordo lo miró, furioso, y fue a llenar un vaso al lavatorio.
Lauri seguía la escena con curiosidad. El que estaba en el suelo intentó ponerse de pie, pero apenas consiguió quedar en cuatro patas. El gordo se acercó y le volcó el agua sobre la cabeza, de a poco.
– Lo voy a fusilar personalmente -insistió el borracho en un murmullo, mientras tiraba de una sábana para secarse el pelo. El gordo caminó hasta el espejo del ropero, miró la habitación como si acabara de entrar y se ajustó el nudo de la corbata.
– Irrecuperable -dijo, y se volvió hacia el caído-. No ponga los pies por allá, Quomo. Esta vez va en serio, si se nos cruza en el camino se va a lamentar de haber nacido.
El gordo arrojó el cigarrillo al lavatorio y desapareció por el corredor. Entonces el otro negro empezó a ponerse de pie. Había perdido un botón del saco y por la camisa entreabierta se le veía el ombligo. El agua le había enchastrado el pelo corto y enrulado. A lo lejos empezaron a sonar las campanas de la catedral. Lauri le alcanzó una toalla.
– ¿Se siente bien?
El negro lo miró de arriba abajo, se secó la cara y fue a echar un vistazo por la ventana. Se tambaleaba.
– Como… ¿éste no es el tercer piso?
– Cuarto.
– Ahora veo. ¿De dónde es usted? Lauri recogió el botón del saco y se lo alcanzó.
– Argentino, señor. Sudamericano. El borracho asintió, como si la precisión geográfica estuviera de más. Del bolsillo sacó una petaca y le dio un trago. Observó un instante al argentino como si tratara de descubrir de qué estaba hecho y luego salió al pasillo. No estaba listo para presentarse en sociedad, pero podía caminar solo. Antes de irse miró la cerradura destrozada, levantó el pulgar izquierdo y mostró una sonrisa de dientes perfectos.
