Cuando la mujer se fue, se acercó a saludarlo. Tenía tantas marcas en la cara que era imposible saber cuáles eran del día.

– Usted lleva una vida difícil -dijo Lauri, y se sentó al lado. El negro lo miró, desconcertado, hasta que pareció recordarlo de golpe.

– ¡Ah, usted! ¿Le cobraron la cerradura?

– Veinte francos. ¿Qué hace aquí?

– Ayudo a mi gente a encontrar un refugio en este país. No es fácil.

– ¿Refugio político? -Lauri señaló el edificio de la prefectura.

– Están cada vez más exigentes. Y peor con los africanos, imagínese.

– Me imagino. Acaban de rechazarme.

– ¿En serio? -el hombre pareció recobrar un poco de aplomo-. Seguro que no tenía una buena historia… Me hubiera dicho anoche y le preparaba una. Claro, después todo depende de que usted sepa contarla. Esa mujer no supo y vino a quejarse. No es justo, pero suele suceder.

– ¿Cómo es eso?

El negro se paró y fue a recoger las hojas desparramadas por el suelo.

– Déme una mano. Levante la mesa.

Lauri la apoyó contra la pared y se quedó mirando al otro, que iba de un lugar a otro de la vereda juntando papeles escritos a máquina.

– ¿Adonde piensa ir? -preguntó el negro.

– No sé. ¿Qué me aconseja?

– Vaya a donde vaya, necesita una historia convincente. ¿Me invita a tomar una cerveza?

– Bueno, pero vamos a un lugar donde nadie lo golpee. El negro movió la cabeza y sonrió. Había juntado una pila de volantes que apretaba bajo un brazo.

– ¿Mi nombre no le dice nada?

– Sinceramente, no.

– Comandante Michel Quomo, fundador del primer estado marxista-leninista de África.

Lauri se echó a reír, pero advirtió que el negro lo miraba con sorpresa.



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