
– Eso es por la guerra.
– Señor Lauri, si tanta gente desaparece o es asesinada, ¿por que todo lo que usted hizo fue tirar piedras a la policía?
– Era lo único que tenía a mano.
– La comisión habría valorado algún acto de resistencia. ¿No es usted comunista?
– No exactamente, señora.
– Comprenderá entonces que reservemos el derecho de asilo a quien realmente lo necesita. Hoy dimos refugio al hombre que le disparó, tres balazos a Pinochet.
– No sabía que hubieran herido a Pinochet.
– Está escrito aquí -señaló otra carpeta.
Tenía unos bucles rubios que le caían sobre los hombros y un escote lleno de pecas. Lauri pensó que en otro lugar y en otra circunstancia podía ser una mujer atractiva.
– Lo lamento. Pruebe en otro país -dijo poniéndose de pie-. Puede quedarse cuarenta y ocho horas más en Zurich.
Lauri le estrechó la mano y tuvo la impresión de que la mujer estaba sinceramente apenada por el dictamen de la comisión. Al salir se cruzó con un negro bien trajeado que lo interrogó con una seña, como si fuera a dar examen. Lauri le deseó suerte y volvió a la calle.
Tenía hambre y caminó hacia el Mac Donald de la esquina. En la entrada había un grupo de africanos que protestaba alrededor de alguien que Lauri supuso sería un vendedor ambulante. Se detuvo, atraído por la gritería y vio a una mujer enorme, vestida con una túnica violeta, que golpeaba con una cartera a un hombre acurrucado contra la vidriera. Una mesa plegable se había volcado sobre la vereda y montones de papeles estaban desparramados en el suelo. Lauri era el único blanco que se había detenido a mirar el incidente. Cuando el negro logró escapar de su encierro, la mujer lo empujó hasta un banco y le cantó cuatro frescas mientras lo sacudía del saco. Entonces Lauri reconoció al hombre que la noche anterior había entrado en su habitación.
