Desde el día en que llegó a Bongwutsi para hacerse cargo de la oficina de turismo, Bertoldi no tuvo otras noticias de lo que ocurría en su país que las publicadas por el Herald Tribune. Más tarde, ya con el cargo de cónsul, dio como ciertas las informaciones para no discutir con los embajadores sobre temas tan irritantes como la política, aunque en el fondo siempre tuvo la sensación de que el Herald cargaba las tintas. En sus cartas a Santiago Acosta solía hacer referencias al injusto tratamiento que los periódicos extranjeros daban a la Argentina y el daño que ello podría causar a la tarea de difundir los atractivos turísticos del país. Pero Acosta nunca le respondió, y poco a poco Bertoldi, que todavía se dirigía a él como si fuera su jefe, fue espaciando la correspondencia hasta circunscribirla a los saludos de fin de año.

Santiago Acosta había partido tan silenciosamente de Bongwutsi que cuando el nuevo empleado se presentó en las embajadas de los países amigos, todos creyeron que estaban ante un nuevo cónsul. Halagado, Bertoldi concluyó que no valía la pena desengañarlos, sobre todo cuando a fin de mes en el banco no supieron darle noticias sobre su sueldo y le pidieron que avisara a Santiago Acosta que podía pasar a cobrar el suyo. Fue en esos días cuando hizo las primeras llamadas infructuosas a la cancillería y Estela empezó a mostrar signos de nostalgia y abandono. Entonces; Bertoldi, que nunca había estado en el extranjero, se dijo que la Argentina no podía quedarse sin representante en Bongwutsi y decidió redactar su propio nombramiento.

Para cobrar el sueldo tuvo que acudir a la buena voluntad del embajador de Gran Bretaña, que en su juventud había sido escolta del gobernador de las Falkland. Todos los meses, Mister Burnett llamaba al banco y autorizaba el endoso del giro que llegaba a la orden de Santiago Acosta. Así, Bertoldi y Estela pudieron pagar el alquiler de la casa mientras abrigaban la esperanza de regresar lo antes posible a Buenos Aires.



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