Poco a poco, Bertoldi se fue acostumbrando a presentarse como cónsul, pero cuidaba de no darse ese tratamiento en los informes que enviabapor correo al Ministerio de Relaciones Exteriores. Al cabo de unos meses, el título le era tan familiar como ajenas las funciones que implicaba. De todos modos nunca tuvo noticias de que otro argentino anduviera por las cercanías, ni nadie puso en tela de juicio la legitimidad de su nombramiento. Ahora, el propio Emperador reconocía su importancia al recibirlo en el templo y Bertoldi hubiera querido tener un buen traje para ir a festejar la reconquista de las Malvinas al bar del Sheraton.

Fue a vestirse y puso la marcha Aurora en el tocadiscos. Encendió todas las luces de la casa y abrió las ventanas para que la música se escuchara por todo el barrio. Afuera, las paredes y el piso conservaban el calor acumulado durante las horas de sol y los vecinos empezaban a sacar las mesas y las sillas para cenar en la vereda. Bertoldi empezó a arriar la bandera cantando a todo pulmón. Los nativos que pasaban por la calle se paraban a mirarlo y algunos se quitaban el sombrero. De golpe, todas las luces del barrio se apagaron y el disco se frenó con un sonido ahogado. El cónsul volvió a su despacho con la bandera, encendió una vela y se sentó frente a su escritorio.

Se preguntaba cómo responder al embajador británico, y aunque tenía atolondrado el pensamiento, lo ganó un incontenible deseo de llevar la enseña de la patria hasta la zona de exclusión y plantarla allí, como una estaca en el arrogante corazón de Mister Burnett.

7

Después de la siesta el embajador de Gran Bretaña salió a recorrer la zona de exclusión para solicitar personalmente la colaboración de sus aliados. El commendatore Tacchi, que se había declarado neutral en el palacio del Emperador, no dejó de señalarle que la decisión comprometía las relaciones de su país con la Argentina, ya que la zona prohibida impedía el libre ingreso del cónsul Bertoldi a la embajada de Italia.



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