Esta muchacha estaba de amores con un militante del Frente Polisario, así que le consigue un pasaporte de la República Popular de Benín que tiene grabados la hoz y el martillo sobre fondo rojo. Entonces Tutuola corre a la embajada de Alemania Federal, dice que se presenta a elegir la libertad, y enseguida le dan buena comida y un dormitorio para él solo. Pero claro, los alemanes son desconfiados y lo mandan a Bonn para ver si no se trata de un agente comunista. Entonces Tutuola sube a un tren a una hora de mucho tráfico y llega a Zurich con una carta de su protectora que atestigua haberlo conocido en situación difícil. Por un tiempo trabaja clandestinamente como peón de mudanzas, hasta que me encuentra a mí. Entonces en un par de días armamos el discurso; él va a la oficina donde estuvo usted, les cuenta la historia y los deja con la boca abierta. Le otorgaron una beca para estudiar informática o algo así.

– ¿Le dieron refugio con esa historia?

– Naturalmente. Tiene la herida en la cabeza, tiene fotocopia del pasaporte de Benin, tiene una amiga suiza que dice haberle comprado ropa en Rabat. Pero sobre todas las cosas es un tipo convincente. En cambio, esa mujer que me vino con el reclamo no lo era. La historia que le di era mejor que la de Tutuola, pero no supo contarla.

– ¿Y usted qué gana con esto?

– Plata, nada. Retomo el contacto con la gente que me puede apoyar cuando vuelva a tomar el poder.

– ¿Va a hacer una revolución en Bongwutsi?

– Sí, pero no acepto más consejos. La otra vez confié los rusos y me equivoqué.

– Es lo que le reprochaba anoche su amigo.

– ¡Amigo! ¡Un oportunista! ¡Una marioneta de la CIA! Pensar que los rusos no me dejaron fusilarlo…

Lauri hizo un gesto para pedir otra cerveza. En la mesa vecina había una muchacha con la mirada perdida que limpiaba los anteojos con un pañuelo. Tenía el pelo muy corto, teñido de distintos tonos de naranja y unos pechos en punta que se le veían por el escote.



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