
– ¿Le dieron refugio con esa historia?
– Naturalmente. Tiene la herida en la cabeza, tiene fotocopia del pasaporte de Benin, tiene una amiga suiza que dice haberle comprado ropa en Rabat. Pero sobre todas las cosas es un tipo convincente. En cambio, esa mujer que me vino con el reclamo no lo era. La historia que le di era mejor que la de Tutuola, pero no supo contarla.
– ¿Y usted qué gana con esto?
– Plata, nada. Retomo el contacto con la gente que me puede apoyar cuando vuelva a tomar el poder.
– ¿Va a hacer una revolución en Bongwutsi?
– Sí, pero no acepto más consejos. La otra vez confié los rusos y me equivoqué.
– Es lo que le reprochaba anoche su amigo.
– ¡Amigo! ¡Un oportunista! ¡Una marioneta de la CIA! Pensar que los rusos no me dejaron fusilarlo…
Lauri hizo un gesto para pedir otra cerveza. En la mesa vecina había una muchacha con la mirada perdida que limpiaba los anteojos con un pañuelo. Tenía el pelo muy corto, teñido de distintos tonos de naranja y unos pechos en punta que se le veían por el escote.
