
Peleó cincuenta y seis días hasta que lo hirieron en la cabeza y cayó en manos del enemigo. Ya sabe cómo tratan en Ougabutu a los prisioneros, así que cuando vieron que Tutuola no era soldado de Tanzania lo tomaron por mercenario. Lo torturaron quince días seguidos y lo mandaron a abrir la ruta transelvática con los condenados a trabajos forzados. Yo conozco eso y le aseguro que es un infierno. Se quedó allí hasta que en una pelea mató a un egipcio de un machetazo y lo sentenciaron a muerte. Ahora vea usted qué cosa: la tarde antes del fusilamiento se descubre que el egipcio planeaba una fuga masiva que se desbarata con su muerte, y el comandante, Como ejemplo, le perdona la vida a Tutuola y lo toma como mandadero. Una noche, algo tomado, se va a dormir con él y después de una semana de verse a escondidas le declara su amor y decide desertar para llevárselo a Europa. A la primera oportunidad suben a un helicóptero de la empresa soviética de cooperación y en el viaje amenazan al piloto y lo obligan a volar hasta el Zaire. Apenas pasan la frontera tienen que bajar para reabastecerse de combustible y allí el piloto les dice que también él quiere pedir asilo en Occidente. Durante diez días vuelan a ras del suelo para no ser detectados por los radares. Cargan combustible en cualquier estación de servicio y así llegan a los suburbios de Rabat. El estúpido del comandante se presenta de inmediato a la policía para pedir asilo político, pero los marroquíes no quieren líos con Ougabutu y lo entregan a la embajada soviética acusándolo de haber robado un helicóptero. El agregado militar ruso, que se ve venir una maraña de trámites y papeleos, lo hace fusilar en el sótano y Tutuola se queda sin protector. Entre tanto, el piloto se mete en la embajada de Canadá y dicen que ahora tiene un criadero de pollos cerca de Winnipeg. El pobre Tutuola vagabundea por las calles de Rabat hasta que conoce a una joven suiza que se apiada de él y le compra ropas de blanco y un buen reloj y lo aloja en el Hilton.