
Así pues, no tenía ninguna razón para titubear. Irguió los hombros, miró hacia la puerta de la empresa y…
La desvió hacia unas cajas de cartón que había a su derecha. Se dijo que no estaba intentando postergar lo inevitable. Simplemente, aquellas cajas eran perfectas para construir la cabaña de juguete que le había prometido a una de sus pacientes de la planta de pediatría del hospital.
Rebecca miró el cielo gris. Había llovido aquella mañana y lo más probable era que lloviera de nuevo. Debería plegar las cajas y meterlas dentro del coche.
¡No era una evasiva!
Sin embargo, no fue tan sencillo como parecía.
Primero, las suelas de los zuecos de enfermera hicieron que resbalara en el barro y cayó de rodillas sobre una mancha de suciedad del suelo. Segundo, las cajas estaban muy rígidas y tenían las esquinas reforzadas, y resistían los esfuerzos de Rebecca por plegarlas. Tercero, cuando estampó el pie en el suelo, debido a la frustración, provocó una lluvia de gotitas de barro que aterrizaron por todas partes.
Cuarto, cuando entró a gatas en la caja más grande, por su extremo abierto, para intentar aplanarla desde dentro, oyó la voz de un hombre.
– ¿Puedo ayudarte?
Rebecca se quedó helada, inmóvil, con la esperanza de que el propietario de aquella voz grave no estuviera hablando con ella.
– La que está en la caja -dijo el hombre, dando al traste con sus ilusiones-. ¿Puedo ayudarte en algo?
Rebecca carraspeó.
– ¿Estás… hablando conmigo?
– Lo creas o no, eres la única que lleva una caja de cartón en todo mi aparcamiento -dijo él, sin el más mínimo matiz de buen humor en la voz.
¿Su aparcamiento? ¿Era aquél Trent Crosby? Aquello era horrible.
A la luz de la tarde que entraba por la parte superior de la caja, por encima de su cabeza, Rebecca se miró las rodilleras sucias de los pantalones del uniforme de enfermera y las salpicaduras de barro que tenía en los antebrazos. «Oh, Eisenhower, ésta no era la reunión que tenía pensada para nosotros».
