
– Eh… pasaba por aquí y vi las cajas -dijo.
– Pasabas por aquí, ¿eh?
Ella se tragó un gruñido. La empresa estaba en el rincón más apartado de una zona industrial a la que sólo se llegaba por un callejón sin salida. Era imposible pasar por allí sin ningún propósito. En vez de responder, Rebecca comenzó a dirigirse hacia el coche, o al menos, eso esperaba, llevándose el disfraz consigo. Aquella caja que se movía a toda prisa debía de parecerle ridícula a Trent Crosby, Rebecca lo sabía, pero no tan ridícula como se sentiría ella si tuviera que presentarse ante aquel hombre sucia, desarreglada y sin estar preparada para conocerlo.
La caja chocó contra algo y Rebecca se detuvo sin saber qué podía ser.
– Vamos, dime qué estás haciendo aquí, entre nuestra basura.
La cercanía de su voz le dio a entender que se había chocado con él. Se arriesgó a mirar hacia arriba. La caja gigante era más alta que él, así que Rebecca no pudo verle la cara, y él tampoco pudo vérsela a ella.
– Déjate de jueguecitos, demonios. ¿Qué estás haciendo con nuestra basura.
– No es basura -respondió ella para intentar aplacarlo-. Es una caja -le aclaró. Después, como si fuera un cangrejo ermitaño, siguió su camino hacia el coche-. Es para construir una cabaña de juguete.
Hubo un momento de silencio, y ella volvió a chocarse contra algo.
Él. Rebecca se dio cuenta de que Trent se había movido de nuevo para bloquearle el camino y en ese momento estaba sacándole la caja por encima de la cabeza. Ella tuvo que hacer un esfuerzo por no taparse la cara y, sin tener otra opción, tuvo que mirarlo. Entonces, dio un salto hacia atrás y apartó la mirada.
