– Voy a volar a Manchester al amanecer.

– Ha dicho… -él se sonrojó- que te vas a quedar en su casa del lago.

Mackenzie sacó una silla de debajo de la mesa, se sentó y estiró las piernas.

– No se lo he dicho, si es eso lo que te preocupa.

Él la miró de hito en hito.

– Bernadette y yo estamos divorciados. Con quien yo salga ya no es asunto de ella -hizo una pausa-. Ni tuyo.

Mackenzie había intentado apreciar a aquel hombre los tres años que hacía que se había casado con Bernadette. Ahora ya no se molestaba.

– A menos que una de tus mujeres y tú queráis colaros en la propiedad de Beanie a tontear.

El verano anterior, antes de salir para Washington, había sorprendido accidentalmente a Cal y a una mujer al menos treinta años más joven en la casa del lago de Bernadette. Entonces no estaban divorciados todavía, pero eso daba igual. Divorciados o no, él la había traicionado al usar su casa para un fin de semana romántico.

– Nunca me ha gustado el lago -dijo él entre dientes-. El agua está siempre fría y la casa muy deteriorada. Bernadette nunca me ha hecho caso sobre que había que arreglarla. Fue mala idea llevar allí a una amiga.

– No quieres que se entere, pero te gusta saber lo furiosa y herida que se sentiría si se enterara.

– Tal vez, pero no te apresures tanto a juzgarme. Tú no tienes ni idea de lo que es ser el marido de la santa, la brillante jueza Peacham.

– Si has venido para convencerme de que siga cerrando la boca, no debes preocuparte. No tengo intención de contarle tus aventurillas en el lago. Pero tienen que terminarse.

– Ya se han acabado -él inhaló por la nariz y Mackenzie se dio cuenta por primera vez de que estaba avergonzado-. Y no he venido por eso -se frotó la nuca-. ¿Has visto a Harris Mayer?

Mackenzie intentó ocultar su sorpresa. J. Harris Mayer era un viejo amigo de Bernadette, pero ella no lo conocía mucho.



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