– De nada, agente.

Cuando se quedó sola, Mackenzie comprobó el aire acondicionado, subió un poco la temperatura y escuchó por si oía a los fantasmas.

– ¿Abe? ¿Bobby E.? -silbó para llamarlos-. En este momento me vendría bien vuestro consejo.

Se preguntó que hacía hablando con fantasmas, pero sabía la respuesta: ver si eso le impedía pensar en Rook.

La próxima vez que se resguardara de la lluvia con un hombre atractivo tendría más cuidado, pero no se arrepentía de haber ido con él al cine y a cenar… ni de los besos, del roce de sus dedos en los pechos, de…

¿Qué lo había impulsado a dejarla de ese modo? ¿Había descubierto algo de ella que pensaba que perjudicaría su carrera? Ella no llevaba tanto tiempo trabajando y aún no había tenido ocasión de meter la pata ni hacerse una mala reputación.

¿Bernadette? ¿No aprobaba Rook su amistad con una jueza federal? Pero eso no tenía sentido. Bernadette era una jueza firme y justa con una reputación excelente.

Una llamada en la puerta del porche de atrás la sobresaltó.

Cal Benton la saludó a través del panel de cristal.

Ella abrió la puerta.

– Hola, Cal. Me alegro de que no seas un fantasma. Me has asustado por un momento.

– ¿Un fantasma? -él parecía no saber a qué se refería-. Mackenzie, ¿estás bien?

– No importa. Por favor, entra.

Ella se hizo a un lado y él entró en la pequeña cocina. Era un hombre de unos cincuenta y tantos años, bronceado, saludable, que envejecía bien, y no un hombre con el que la gente que conociera a Bernadette esperaría que se casara. Antes de que se estropeara su relación, ellos solían decir que admiraban el intelecto y la experiencia del otro. Podían reírse juntos y disfrutaban de la compañía del otro. Al parecer, eso no había sido suficiente.

– No te entretendré mucho -Cal vestía un traje gris claro-. Bernadette ha dicho que vas a casa este fin de semana.



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