
Era, quizá, la última amiga que Harris Mayer tenía en el mundo, aunque probablemente la amistad no impediría que él la arrojara a los lobos.
O, en ese caso, al FBI.
Harris calcularía las ventajas de semejante acción y obraría en consecuencia.
Rook bebió más agua, aunque sólo estaba una pizca menos impaciente que cinco minutos atrás.
– Parece que espera que alguien se reúna con ella. ¿Una cita?
– ¡Oh, no! -Harris movió la cabeza como si aquélla fuera la idea más idiota que había oído en su vida-. No ha empezado a salir con hombres a pesar de que su divorcio se hizo definitivo a principios de este mes. Cal sigue viviendo con ella. ¿Eso le parece extraño?
– Tal vez haya sido un divorcio amistoso.
– Eso no existe.
El matrimonio de la jueza con Cal Benton, un prominente abogado de Washington, había sorprendido a la gente mucho más que su divorcio dos años más tarde. Era el segundo matrimonio de ella; el primero, con otro abogado, había durado tres años. No había tenido hijos.
– Se supone que él no va a recibir ni un centavo de ella -continuó Harris, con voz más seca ahora, como si él también empezara a impacientarse-. Eso seguro que a él no le gusta, pero no importa… Cal nunca estará satisfecho. Siempre querrá más de todo. Dinero, reconocimiento, mujeres. Lo que sea. Para algunas personas, nunca es suficiente. Cal es una de ellas. Yo soy una de ellas.
– No puedo lanzar una investigación porque crea que Bernadette Peacham se merecía algo mejor que Cal Benton.
