– Ahí está la jueza Peacham -Harris casi se atragantó al señalar, sonriente, el vestíbulo como si estuviera en posesión de un secreto que confirmaba su superioridad natural-. Sabía que vendría.

– ¿Y qué me importa a mí si la jueza Peacham asiste a una función caritativa?

– Espere.

– Señor Mayer…

– Juez -corrigió el viejo-. Todavía se me puede llamar juez Mayer.

– Volver a ver a la jueza Peacham no me ayuda nada.

– ¡Chist! Paciencia. Puede que tengamos que salir al vestíbulo. Espero que no, pues prefiero que Bernadette no me vea.

Bernadette Peacham se detuvo en la puerta del bar con la atención fija en algo, o alguien situado detrás de ella. En los diez últimos años había sido jueza del Tribunal Federal por el Distrito de Columbia. Antes de eso había sido fiscal federal y socia en un bufete prestigioso de Washington. Pero sus raíces estaban en New Hampshire, donde poseía una casa de campo que había pertenecido a su familia durante más de cien años. A menudo decía que quería morir allí, como sus padres y su abuelo.

Rook había investigado a la jueza Peacham y había declarado en su sala media docena de veces en los tres años que llevaba trabajando en la oficina de Washington. No sabía si ella lo reconocería si entraba en el bar, pero estaba seguro de que sí reconocería a J. Harris Mayer, el viejo amigo que la había atraído a Washington treinta años antes.

Rook pensó divertido que la mujer jamás ganaría ningún premio a la jueza mejor vestida. La ropa de esa noche daba la impresión de que la hubiera sacado de una bolsa de plástico guardada a presión debajo de su escritorio. Aparte de las arrugas, el vestido negro largo hasta los pies y el chal de lentejuelas de colores brillantes no iban bien juntos.



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