
Dos
Mackenzie Stewart metió una camisa de franela en la mochila con más fuerza de la necesaria. Había puesto el aire acondicionado, pero sentía calor. Estaba agitada y no se sentía de humor para tener a Nate Winter, quizá el hombre más observador del planeta, en su cocina con ella.
Aunque en realidad no fuera su cocina.
Residía temporalmente en un rincón de una casa histórica de 1850 en Arlington. Sarah, la esposa arqueóloga de Nate, estaba al cargo de abrirla al público, una tarea aparentemente complicada. Justo cuando pensaba que lo tenía todo bajo control, el lugar se abría inesperadamente y aparecían montones de filtraciones. Algunas personas estaban convencidas de que las filtraciones eran obra de los fantasmas de Abraham Lincoln y Robert E. Lee, que se suponía que vagaban por la casa. Mackenzie no creía en fantasmas y echaba la culpa a las tuberías viejas.
Nate y Sarah, embarazada de su primer hijo, se habían mudado a una casa propia en primavera. Cuando Mackenzie llegó a Washington seis semanas atrás, Sarah le ofreció la zona de los guardeses. Hasta que encontrara un lugar propio, Mackenzie podía estar en la casa histórica, desalentar a los fantasmas y vándalos en potencia y estar alerta ante nuevas filtraciones.
Cerró la cremallera de la mochila. Llevaba pantalón corto pero seguía teniendo calor.
– Nate, ¿Sarah y tú os habéis encontrado con Abe y Bobby E. cuando vivíais aquí?
Nate, sentado en la mesa de la pequeña cocina, la escudriñó de un modo que ponía nerviosa a mucha gente. Era un marshal alto, delgado y notoriamente impaciente. Él también procedía de Cold Ridge, New Hampshire, y Mackenzie lo conocía de toda la vida. Era como el hermano mayor que no había tenido y no le daba ningún miedo.
