– Yo nunca -contestó él.

– ¿Eso significa que Sarah sí?

Él se encogió de hombros.

– Tendrás que hablar con ella.

Mackenzie sospechaba que, si hubiera dependido de Nate, su primer destino como agente federal habría tenido lugar en Alaska o Hawai, no tan cerca de él. Nate trabajaba en el cuartel general de los marshals en Arlington y a ella la habían destinado a la oficina del distrito de Washington, demasiado cerca de él para su comodidad. Si metía la pata en su primer destino, no querría que lo hiciera delante de sus narices.

Pero, por otra parte, si por él fuera, ella estaría haciendo su tesis y enseñando Ciencias Políticas en New Hampshire, sin ningún interés en poner un pie en el mundo.

Pero como no dependía de él, hacía lo que podía por ayudarla a aclimatarse a su nueva profesión. Cosa que, la mayoría de los días, ella agradecía.

– Te vas a tomar días libres -dijo él.

– Así es. Lo he hablado con mi jefe.

– Sólo llevas seis semanas aquí.

Su tono era tranquilo, sin aparente crítica, pero Mackenzie sabía que no lo aprobaba. Ella seguía teniendo cajas amontonadas contra una pared en la cocina y bolsas con tazas y platos de plástico en la encimera, señales de que todavía no se había mudado del todo ni física ni emocionalmente. Notaba que Nate se preguntaba si habría cambiado de idea sobre quedarse, o quizá incluso sobre seguir en aquella profesión.

Nate estaba seguro de que ella no superaría las semanas de entrenamiento riguroso en la academia federal. Y no era el único. Nadie había creído en ella. Ni una sola persona, incluida su madre. No porque les faltara fe en ella o quisieran que fracasara, sencillamente no creían que había nacido para ser policía de ningún tipo.

Para ser justa, Mackenzie no estaba segura de haberlo creído ella misma, pero cuando al fin consiguió entrar en la academia, se volcó al máximo. Se negó a dejar que nada la desanimara, ni su estatura ni su forma física ni su temperamento ni su sentido del humor. Supuso que, o descubría que odiaba aquel trabajo y abandonaba, o cerraba la boca y se ponía a trabajar.



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