
Fidelma exhaló un profundo suspiro.
– No logro comprender esa ley de sucesión sajona. Según tengo entendido, aceptan como heredero al primogénito, en lugar de dejar que se designe por libre elección al miembro de la familia que más lo merezca, como hacemos nosotros.
De pronto, la hermana Gwid dejó escapar un grito y señaló al lejano horizonte.
– ¡El mar! ¡Puedo ver el mar! Y ese edificio oscuro que se recorta en el horizonte… debe de ser el monasterio de Streoneshalh.
La hermana detuvo a su caballo y entornó los ojos para ver en la distancia.
– ¿Qué opináis, hermano Taran? Vos conocéis esta parte del país. ¿Nos acercamos al final de nuestro viaje?
El rostro de Taran hizo patente su alivio:
– La hermana Gwid está en lo cierto. Ése es nuestro destino: Streoneshalh, el monasterio de la piadosa Hilda, prima del rey Oswio.
Capítulo II
Una voz ronca y estridente, a todas luces impregnada de angustia, hizo que la abadesa levantase la vista del escritorio en el que había estado examinando una página de vitela iluminada, y frunciese el ceño contrariada por haber sido distraída de su tarea.
Se hallaba sentada en una oscura habitación de piedra, iluminada por varias velas de sebo colocadas en candelabros de bronce que rodeaban los altos muros. Era de día, pero la única ventana, aunque alta, no dejaba entrar demasiada luz. Por lo demás, la estancia era fría y austera a pesar de los tapices de gran colorido que cubrían lo lúgubre de la construcción. Ni siquiera el fuego cuyos rescoldos languidecían en el vasto hogar situado al fondo de la habitación daba mucho calor.
La abadesa permaneció sentada en silencio durante unos instantes. Su amplia frente y sus rasgos angulosos se vieron surcados por profundas arrugas al tiempo que sus cejas se juntaban.
