
Sin embargo, la condescendencia que impregnaba su voz desapareció cuando sus ojos toparon con la vehemente mirada de Fidelma:
– Ponedme al corriente, pues.
– Bien -repuso Gwid con aire algo más contrito-. Northumbria fue colonizada, tiempo atrás, por los anglos. Éstos no son diferentes de los sajones que habitan el sur de esta tierra; es decir, que su lengua era la misma y adoraban a las mismas deidades extravagantes hasta que nuestros misioneros comenzaron a predicar la palabra del Dios verdadero. En este lugar se establecieron dos reinos: Bernicia, al norte, y Deira, al sur. Hace sesenta años, los dos reinos se unieron en uno, del que hoy es rey Oswio. Sin embargo, éste permite a su hijo, Alhfrith, que ejerza como reyezuelo de Deira, la provincia meridional. ¿No es así, hermano Taran?
El hermano Taran asintió con un gesto agrio.
– Es una maldición sobre Oswio y su casa -musitó-. El hermano de Oswio, Oswaldo, siendo rey, hizo que los northumbrios invadiesen nuestro país cuando yo no era más que un recién nacido. Asesinaron a mi padre, que era jefe de la tribu Gododdin, y mientras agonizaba mataron a mi madre ante sus ojos. ¡Los odio a todos!
Fidelma levantó una ceja.
– Sin embargo, sois un hermano de Cristo consagrado a la paz, y no debéis abrigar odio alguno en vuestro corazón.
Taran suspiró:
– Tenéis razón, hermana. A veces, nuestro credo se hace riguroso en exceso.
– De cualquier manera -siguió diciendo-, pensaba que Oswio había sido educado en Iona y que respaldaba la liturgia de la Iglesia de Colmcille. ¿Qué razón puede tener su hijo para seguir el rito de Roma y declararse, por tanto, enemigo de nuestra causa?
– Los northumbrios conocen al bendito Colmcille con el nombre de Columba -intervino, pedante, la hermana Gwid-. Así les resulta más fácil pronunciarlo.
Fue, no obstante, Taran quien contestó la pregunta de Fidelma:
– Creo que Alhfrith está enemistado con su padre, que ha vuelto a contraer matrimonio. Teme que lo desherede en favor de Ecgfrith, el hijo de su actual esposa.
