
Sin embargo, no fue la visión de un hombre ahorcado en el árbol de aquella encrucijada lo que hizo que el pequeño grupo de viajeros se detuviera. Ya estaban más que habituados a presenciar ejecuciones rituales y castigos en su viaje al reino de Northumbria a través de la tierra de Rheged. Los anglos y sajones que allí moraban parecían regirse por un código de severos castigos reservados a los que infringían sus leyes, que iban desde todo un compendio de mutilaciones hasta la ejecución por los medios más dolorosos jamás ideados, de los cuales el más frecuente, a la par que el más humano, era el ahorcamiento. La visión de otro desdichado colgado de un árbol ya no les causaba perturbación alguna: lo que había hecho que el grupo frenase el conjunto de caballos y mulas que les servían de montura era otra cosa.
El grupo de viajeros estaba formado por cuatro hombres y dos mujeres. Todos ellos vestían la túnica de lana sin teñir propia de los religiosos, y los hombres llevaban afeitada parte de la cabeza en una tonsura que los identificaba como hermanos de la Iglesia de Columba, que tenía su sede en la isla sagrada de Iona. Casi al mismo tiempo que se detuvieron para observar el cuerpo del hombre que pendía víctima de aquella horrible muerte de ojos desorbitados, la lengua de éste empezó a ennegrecerse y asomó entre los labios en lo que debió de ser uno de los últimos resuellos frenéticos en busca de aire. La aprensión tiñó de un tono lúgubre la cara de cada uno de los miembros del grupo cuando examinaron el cuerpo.
No era difícil discernir el porqué: la cabeza del cadáver también lucía la tonsura de Columba.
