Aunque nunca compraba nada por internet, ni siquiera una canción, a veces, para descansar la mente, miraba toda clase de catálogos. Casas en las islas Gambier. No tenía intención de alquilar una, tampoco de visitar el archipiélago, pero durante, quizá, diez segundos se veía en aquellos porches al borde de la playa, sin furias ni penas.

Todo empezó en la tercera casa. La flecha se movió sin que ella hubiera tocado el ratón. Pensó que lo había imaginado. Cerró el portal de venta de casas. Adiós, islas. Luego cerró el navegador y se recostó en la silla.

En la penumbra del salón se permitió desmadejar el cuerpo, relajar los brazos, apoyar los talones en el suelo y que los pies girasen cada uno en dirección opuesta. Pero enseguida la flecha comenzó a danzar. La vicepresidenta se incorporó despacio, aproximó de nuevo el sillón a la mesa y sujetó el ratón con la mano. La flecha siguió moviéndose completamente fuera de su control. Exploraba carpetas y abría y cerraba documentos. Soltó el ratón. Ahora su mano izquierda reposaba en el brazo de la silla y la derecha tamborileaba con suavidad sobre el cristal frío de un vaso de limonada. No soy yo, seguro. Leyó la hora en el ordenador: 01.10. Dos o tres noches por semana, cuando el sueño tardaba en llegar, la vicepresidenta abría el portátil y navegaba sin rumbo.

– De manera que no conoce mis costumbres -se dijo en alto.

Quien quiera que estuviese controlando su ordenador en ese momento parecía hacerlo como si estuviera seguro, o segura, de que no había peligro de ser descubierto.



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