
Pero lo hay. ¿Aviso al jefe de gabinete? ¿Al servicio informático? Lo segundo le parecía más adecuado. Sin embargo, de momento no iba a llamarles; prefería seguir mirando la actividad de la flecha. Había abierto una ventana negra y escribía palabras en clave, códigos que ella desconocía. Anotó algunos en un post-it. Imaginó con toda nitidez el titular en la prensa, el vídeo de YouTube, los comentarios en los blogs sobre lo fácil que había sido hackear el ordenador personal de la vicepresidenta. Y se encogió de hombros. Soportaría mi escandalito más, como sus fotos en bañador circulando por todo el mundo, como el día en que la filmaron de espaldas paseando cogida de la mano con una vieja amiga. Es mi ordenador privado, no contiene datos que puedan comprometer al gobierno, ni a mí, así que no pienso montar un número ahora llamando a nadie. No tengo documentos de trabajo, fotos extrañas, he borrado los escritos personales. El historial, quizá, la lista de las páginas que he visitado en los últimos veinte días.
La vicepresidenta trató de recordar si en esa lista había algo impropio. Estuvo tentada de abrir el navegador y repasarla, o quizá borrarla de una sola vez. Pero si lo hago, sabrán que estoy mirando. Como si la hubiera oído pensar, la flecha cerró una última carpeta y se detuvo.
¿La persona que ha estado moviéndola seguirá ahí, agazapada, o se habrá levantado para asomarse a la ventana y fumarse un cigarrillo? Puede que haya apagado su ordenador y cortado toda comunicación.
La vicepresidenta bebió un poco de limonada, despacio. Luego se echó una gruesa chaqueta de lana por los hombros y, con el vaso en la mano, salió de nuevo a la terraza. Una mesa de madera y seis sillas con anchos brazos evocaban la presencia de amigos, noches bulliciosas de copas y charla hasta el amanecer. La vicepresidenta se sentó y puso la limonada sobre la mesa. Oía un duelo de ladridos. Mientras contemplaba algunas estrellas de luz muy débil, añoró el leve olor del jazmín que en primavera crecía a su izquierda.