El cielo parecía expandirse en todas direcciones; la vicepresidenta se sintió ligeramente conmovida, como si esa vasta extensión la protegiera. Dedicó un par de minutos a pensaren la flecha. Su presencia debería ofenderla, o enfadarla, inquietarla cuando menos: alguien vulneraba su intimidad cometiendo un delito. Pero no estoy ofendida, ni enfadada. Un golpe de viento helado envolvió su cuerpo. Notó cómo el frío recorría su piel, quebrada ya por los años, parecida a la corteza del pan y, sin embargo, afinada, precisa. El rumor sordo de los coches le trajo brazos cogidos al volante, chaquetas con el olor de la jornada, tal vez el sonido de un bajo acariciando la tapicería. Pensó en las vidas que podían resultar modificadas por una decisión suya. Quiso restar importancia a esa idea, la alejó. Con los ojos cerrados, Julia Montes empezó a repasar su agenda del día siguiente.

Cuando regresó al interior de la casa vio el salvapantallas negro. Movió el ratón. Sus carpetas, sus iconos, todo parecía estar quieto ahora, y la flecha le obedecía. La vicepresidenta se sentó. Iba a apagar el ordenador pero primero se dirigió a la flecha, o quizá a ella misma hacía muchos años, cuando leía novelas de aventuras, cuando soñó ser el capitán Tormenta, cuando todo estaba a punto de empezar:

– ¿Quién eres?


Junio del año anterior


Siete meses antes, a las siete y media de la mañana:

– Hola, abogado. ¿Te acuerdas de daemon05, aka Crisma?

– ¿Qué pasa?

– Me han detenido.

– Yo ya no me ocupo de estas cosas, lo sabéis.

– Por favor.

– Te doy el teléfono de Juan. O le llamo yo.

– Quiero que seas tú. Por favor.

De pie, con el teléfono inalámbrico en la mano, el abogado miraba por la ventana del dormitorio. Había un deje imperativo en la voz del chico, una urgencia que el aboga- tío no recordaba. Sintió curiosidad y al mismo tiempo cansancio.



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