El chico volvió a levantar los hombros, levemente, no parecía un tic sino una seña, como las treinta al punto del mus. Luego miró hacia la puerta.

– ¿Estás cansado? -le preguntó.

– Sí, bastante.

– Hablaremos cuando salgas, entonces. Espero conseguir que te dejen en libertad con cargos.

– Gracias.

– No te hagas ilusiones. Pasarán varias horas hasta que puedas irte. ¿Quieres que llame a alguien?

– No.

– ¿A tu trabajo? ¿A tus padres?

– No, gracias.

Soltaron al chico a las nueve de la noche. El abogado salía de su trabajo en ese momento. Habló con él por el móvil, parecía sereno. El juicio no sería hasta dentro de varias semanas o quizá meses, quedaron en verse pasados unos días.

Luego el abogado buscó un locutorio en un barrio lejos del suyo. El dueño estaba mirando una película en la pantalla. El abogado sacó del bolsillo de la chaqueta un live cedé hecho a medida. Aquel era su mejor momento. Desde que conoció al chico no había dejado de saltar vallas electrónicas, fronteras que él imaginaba negras con el código escrito en luz verde. Disponía de tiempo y esfuerzo, y eso le había permitido ir subiendo de nivel sin detenerse. Nadie sabía que le gustaba. Nadie esperaba nada de él, los dueños de esos locutorios no retenían su cara porque nunca volvía.

El chico había sido su mentor. Llegó a él tras haber entrado en varios foros pidiendo ayuda. Para defender a un c liente acusado ele un delito informático necesitaba entender qué había hecho exactamente. Le enseñaron, logró que el cliente fuera absuelto y ya no quiso dejar ese mundo. Empezó desde cero, siguiendo paso a paso las indicaciones del libro El entorno de programación UNIX. Después vinieron los ezines y luego los retos que le proponía el chaval. No buscaba trucos sino hacer las cosas entendiendo cómo se hacían. A pesar de ser de letras, aprendió a encontrar la vulnerabilidad, a atravesarla como una puerta disimulada en la pared.



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