
El abogado salió del locutorio pasadas las dos. Ya habían cerrado el metro, pero no buscó un taxi sino que anduvo por las calles, conocía la oscuridad. Vigilantes jurados, guardias, escoltas, él trabajaba en el filo de la violencia física legal. Defender a esos hombres era su aportación al furioso inundo incomprensible. En cambio, la llamada del chico se le antojaba una interrupción, un tajo inoportuno dentro del tiempo. Aquella filosofía blanda que él mismo llegó a usar en sus alegatos, según la cual los hackers no eran sino chicos estudiosos aprendiendo a programar en sus habitaciones, nunca le convenció. Existían esos tipos, hackers modelo Heidi o hermana de la caridad que penetraban en un sistema informático sin permiso de acceso y dejaban un mensaje al administrador, explicándole los defectos de configuración y la forma en que habían conseguido entrar. Pero no eran hackers por dejar ese mensaje, sino por haber entrado sin autorización. Eso era también lo que él hacía cuando iba a los locutorios, entrar sin permiso en los sistemas, ser el intruso durante unas horas. En cambio, el chaval y sus amigos le recordaban demasiado a los universitarios de Yomango que decían robar como «protesta al sistema», y cuando desmagnetizaban una alarma se creían diferentes. ¿Por qué vuelves ahora, chico? ¿Ya no recuerdas que yo defiendo al segurata, al que te lleva al rellano de unas escaleras por donde no pasa nadie y te acojona y te registra y se juega su puesto si no te encuentra nada? No lo recuerdas o quizá no lo sabes. Tampoco os dije nunca que mi padre era un poli, como el que habrá tenido que lidiar con Red Eléctrica y con su superior y quemarse las pestañas leyendo la telemetría para saber quién coño eras tú.
