Durante la comida con algunos miembros de su equipo, La vicepresidenta se las ingenió para llevar la conversación al terreno de los ordenadores zombis sin llamar la atención. Pronto una persona hizo la pregunta que ella necesitaba:

– Cuando se apoderan de tu ordenador y lo convierten en un zombi, ¿hay alguna manera de darse cuenta de ello? dijo Carmen, la directora de comunicación.

– Sí y no -contestó la mano derecha de su anterior jefe de gabinete, un treintañero aficionado a la informática quien pronto la abandonaría, pues había sido reclamado por el presidente-. Los ordenadores son capaces de ejecutar más de una cosa a la vez. Mientras estás escribiendo en tu procesador de textos tienes otra aplicación abierta que, de vez en cuando, mira a ver si tienes correo o si alguien te ha escrito por el chat, etcétera. A esos otros procesos, que se ejecutan al el trasfondo, se les llama «demonios».

– ¿Por qué «demonios»?

– Todo empezó con un experimento con gases. Un tipo imaginó que, si hubiera una pequeña criatura, y la llamó «demonio», capaz de seleccionar las moléculas en movimiento según su velocidad, podríamos llegar a romper el segundo principio de la termodinámica, ese que prohíbe que entre dos cuerpos de diferente temperatura se transfiera calor del cuerpo frío al caliente. A los programadores les gustó la imagen de la criatura que trabaja en el trasfondo.

– ¿Y un zombi es un demonio? -preguntó el jefe de gabinete.

– Para decirlo más exactamente, un zombi es un ordenador que ejecuta un demonio ajeno a su sistema, colocado por un tercero, por lo general vía virus o al cargar una página web que explota vulnerabilidades. Aunque el nombre hace pensar lo contrario, el ordenador zombi se presenta como perfectamente normal a su usuario. En corto: que tu ordenador o el mío pueden ser ahora mismo zombis y nosotros no saberlo…

– Pero… ¿se nota algo? -preguntó la directora de comunicación.



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