
El abogado atravesaba las calles recalentadas por los motores de aire acondicionado. Vio pasar a una mujer sola, andaba deprisa, el vestido ceñido, el ruido suave de unas sandalias planas contra el suelo. Pensó en su casa con dos cuartos vacíos, para invitados, para sus otras vidas. Cuartos disponibles como él mismo. Yo no soy nadie, chico, supongo que por eso me has llamado.
Enero
Después de tres reuniones, la vicepresidenta dispuso de media hora tranquila en su despacho, necesitaba leer multitud de papeles y documentos. Se le pasó por la cabeza buscar en Google el código que había copiado la noche anterior, o algo de información acerca de esos ordenadores llamados zombis, pero lo descartó. Si lo hacía quedaría constancia de su búsqueda y no deseaba compartir con nadie lo ocurrido, por el momento.
El ejercicio del poder se caracteriza, entre otras cosas, por un continuo ir y venir de secretos que hay que administrar.
Secretos retenidos, secretos para ir soltando muy lentamente, secretos compartidos por un núcleo mayor o más pequeño, secretos troceados. Hay que tenerlos en la cabeza recordando cuál es su radio de acción, quiénes saben, quiénes pueden llegar a saber, quiénes no deben conocerlos bajo ningún concepto.
En cuanto a su flecha, se trataba, por ahora, de un secreto solo suyo, y así quería mantenerlo. No tenía tantos. Por motivos de su cargo, tanto su salud como sus relaciones personales, gastos, negociaciones, viajes, indumentaria, planes, eran puestos en conocimiento de otras personas.
