Pero hoy se sentía estafada.

Había contado los minutos que faltaban para verse con él, y ahora la abandonaba.

Además, pese a la asiduidad de sus viajes, no podía dejar de pensar en los peligros.

¿Qué pasaría si algún día sufría un percance? ¡Y si…? Nunca podría sobreponerse a su pérdida.

– Cuídate -balbuceó, inclinada sobre la ventanilla del asiento delantero para darle un último beso.

Debería haberle acompañado al aeropuerto, pero Brad quería disponer de un coche a su vuelta y el martes Page tendría una tarde demasiado complicada para pasar a recogerle, así que era mejor esta solución-.

Te quiero.

– Y yo a ti -repuso él, ladeando el cuello para decir adiós a Andy, que estaba detrás de su madre.

Page retrocedió unos pasos, el coche arrancó y Andrew y ella agitaron la mano hasta que hubo desaparecido.

Eran exactamente las siete menos cinco.

Entraron en casa, los dos cogidos de la mano, y Page volvió a sentirse sola, aunque esta vez se rebeló.

Era una estupidez.

Una mujer hecha y derecha no tenía que depender tanto de su esposo.

Además, volvería al cabo de tres días.

Cualquiera diría, a juzgar por su decaimiento, que Brad iba a pasar un mes ausente.

Allyson ya estaba arreglada y tan radiante como cabía esperar.

Había embellecido sus pestañas con una ligera pincelada de rímel, y sus labios con un brillo rosa pálido que apenas se notaba.

Era la imagen de la frescura, la exuberancia y la juventud.

Sí, era la juventud en su momento más exquisito.

Tenía la misma edad de las modelos que aparecían en la portada de Vogue, y en ciertas facetas, o Page así lo veía, las superaba a todas.

– Pásalo muy bien, cielo.

Quiero que estés en casa a las once.

Era el toque de queda usual, y Page lo defendía con firmeza.

¡Mamá! -Sabes muy bien que las once es una hora absolutamente razonable.



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