
Brad nunca le regateaba elogios, ni a su madre, ni a Andy-.
Ese hombre es un vejestorio.
– ¡Bien! Muchas gracias por el cumplido.
Creo que Trygve Thorensen es dos años más joven que yo.
Brad tenía cuarenta y cuatro, aunque no los aparentaba.
– Ya me has entendido.
– Sí, por desgracia te entiendo muy bien.
En fin, mi niña, haz el favor de portarte bien con tu madre.
Nos veremos el martes.
– Adiós, papá, que te diviertas.
– ¡Desde luego! Voy a hacer estragos en Cleveland.
¿Cómo quieres que lo pase bien sin vosotros tres? -¿Te vas ya, papá? -Era Andy, que había asomado la cabeza por debajo de su brazo para arrimarse a él.
Estaba muy apegado a su padre.
– Sí.
Y te dejo a ti al mando.
Por favor, ocúpate de mamá.
El martes por la noche me presentarás un informe y me dirás si las señoras han obedecido tus órdenes.
Andy obsequió a Brad con una sonrisa desdentada.
Era feliz cuando su padre delegaba poderes en él.
Le hacía sentirse importante.
– Esta noche llevaré a mamá a cenar una pizza -proclamó solemnemente.
– Vigila que coma con prudencia, no vaya a empacharse.
– Con tono de complicidad, Brad añadió a su joven lugarteniente-: Ya sabes, como Lizzie.
¡ Oh, no! Andy hizo una mueca de asco y todos rieron.
El niño siguió a sus padres hasta la puerta de la calle.
Brad fue al garaje en busca del coche, lo detuvo frente a la casa, metió con cuidado el equipaje en el maletero y abrazó a su mujer y su hijo.
– Os echaré de menos.
Sed buenos -dijo, sentado de nuevo al volante.
– Lo seremos -prometió Page sonriente.
Por mucho que lo intentaba, no lograba habituarse a las despedidas.
Era más fácil cuando se iba el domingo por la noche.
Aquello formaba parte de la rutina.
