– ¿Tuvisteis tanto lío cuando yo nací? Andy terminó por fin su helado.

Se enjugó la boca con la bocamanga y las manos en los pantalones del uniforme de béisbol, ante la mirada sonriente de Page.

– No, pero ahora mismo tú tampoco eres un modelo de orden.

Es hora de volver a casa y quitarte toda esa suciedad.

Montaron de nuevo en la camioneta y se dirigieron al dulce hogar, charlando de temas diversos, pero las preguntas de Andy acerca del hermanito continuaban vivas en la mente de Page.

Por unos instantes sintió la familiar punzada de la melancolía.

Quizás eran sólo los efectos de aquel día tan benigno y lleno de sol, o de estar en plena primavera, pero de pronto deseó tener otro hijo, intensificar sus salidas románticas con Brad y pasar más tiempo a su lado, recuperar aquellas tardes de asueto en las que, tumbados ambos en el lecho, no había compromisos que cumplir ni nada que hacer excepto amarse.

Aunque su vida actual le satisfacía, había momentos en los que le habría gustado atrasar las manecillas del reloj.

Su existencia estaba regida por transportes escolares, ayudas en los deberes y asociaciones de padres.

Brad y ella sólo coincidían de pasada, o al final de una jornada agotadora.

No obstante, el amor y el deseo subsistían, pero sin tiempo para gozarlos.

Era justamente tiempo lo que siempre les había faltado.

Unos minutos más tarde aparcaron en el sendero del jardín.

Page distinguió el coche de Brad mientras esperaba que Andy recogiese su equipo.

Miró a su hijo con orgullo.

– Lo he pasado estupendamente -dijo, bañada por la calidez del sol poniente y con el corazón rebosante de todo lo que su hijo le inspiraba.

Había vivido uno de esos días especiales en los que uno descubre cuán afortunado es y da las gracias por cada segundo, cada privilegiado segundo.

– Yo también.

Gracias por venir, mamá.



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