
Pero, con treinta y nueve años, ella no lo veía probable.
No porque se sintiera demasiado mayor, en vista de las edades a que actualmente se conciben los hijos, sino por que sabía que nunca convencería a Brad de tener el tercero.
él siempre insistía en que la época de procrear ya había pasado.
– No lo creo, cariño.
¿Por qué? ¿Estaba preocupado o era tan sólo curiosidad? Page no pudo por menos que preguntárselo.
– La madre de Tommy Silberberg tuvo gemelos la semana pasada.
Los vi el otro día cuando fui a su casa.
Son muy bonitos, y también idénticos -explicó el niño, aún impresionado-.
Pesan tres kilos y medio cada uno, mucho más que yo a su edad.
– Desde luego que sí.
– Andy, con su precoz venida al mundo, apenas había pesado la mitad-.
Esos pequeños deben de ser monísimos, pero dudo de que nosotros tengamos gemelos, ni siquiera un niño más.
Al decir estas palabras, Page se sintió invadida de una peculiar tristeza.
Siempre había convenido con Brad, por lealtad hacia él, en que dos hijos eran el número ideal, pero había momentos en los que renacía su anhelo de tener otro bebé.
– Podrías hablar de ello con papá -bromeó.
– ¿De los gemelos? -inquirió Andy, intrigado.
– De la posibilidad de tener un hermanito.
– Sería divertido, fabuloso…
Aunque creo que también causan problemas.
En casa de Tommy todo estaba patas arriba.
Había un terrible desorden de camas, capazos y balancines.
iQué horror! Su abuela, que ha ido a ayudarles, guisó la cena y se le quemó.
El padre gritó como un energúmeno.
– Pues no parece muy divertido.
– Page sonrió, imaginando el caos que debió de generar la llegada de gemelos en un hogar donde la organización no era ya su mayor virtud, y había además dos hijos mayores-.
De todas maneras, es normal que al principio sea un poco difícil, hasta que te acostumbras.
