
Pero era una chica inteligente, con una mente lúcida y un sinfín de buenas ideas y mejores intenciones.
De vez en cuando su sentido común se torcía y se enzarzaba con Page en violentos altercados por algún que otro error juvenil, pero finalmente solía entrar en razón.
Con sólo quince años, no había que sorprenderse de sus genialidades.
Estaba probando sus alas, midiendo sus capacidades tratando de establecer quién sería en el futuro, no un reflejo de Page o Brad sino una persona totalmente distinta.
Pese a sus semejanzas con ambos, quería ser una mujer independiente.
A diferencia de su hermano, que sólo deseaba parecerse a papá y en realidad era igual que Page, Allyson sería ella misma.
A sus ojos, Andy no era más que un bebé.
Ella tenía ocho años cuando él nació, y lo consideró la criatura más maravillosa del universo.
Nunca había visto un ser tan diminuto.
Al igual que sus padres, había temido por su vida, y se sintió muy feliz cuando por fin pudieron trasladarle a casa.
Le llevaba en brazos por toda la casa, de una habitación a otra, y siempre que Page echaba en falta al bebé sabía que le encontraría en la cama de su hermana, acurrucado junto a ella como un muñeco de carne y hueso.
Durante años, Allyson volcó en él un amor ilimitado.
Incluso ahora mimaba en secreto a su hermanito, comprándole golosinas o cromos de béisbol, y de tarde en tarde incluso se dejaba caer por sus partidos.
Pero casi nunca estaba dispuesta a admitir que le quería.
– ¿Cómo te ha ido, renacuajo? -Allyson siempre tomaba el pelo a Andy por lo pequeño que había nacido, aunque ahora era un niño alto para su edad y más corpulento que muchos de sus compañeros de clase.
– Bien -dijo él modestamente.
– ¿Cómo que bien? Ha sido la estrella del campo -le enmendó Page.
Andy se sonrojó y fue en busca de su padre-.
¿Qué has hecho todo el día? -preguntó a su hija, abriendo la puerta de la nevera.
