Aquella noche no tenían pensado salir, y la temperatura era tan suave que se le ocurrió organizar un picnic, o bien pedir a Brad que hiciera una barbacoa en el jardín-.

¿Con quién has jugado al tenis? -Con Chloe y otros amigos.

Hoy había en el club unos chicos de Branson and M.A.

Hemos hecho un partido de dobles, y cuando se han ido Chloe y yo hemos jugado un rato más.

Después nos hemos dado un chapuzón.

Lo contó sin inmutarse.

Allyson siempre había vivido la vida dorada de California.

Para ella no era ningún milagro, sino una costumbre, algo consustancial al lugar donde se había criado.

Para Brad, hijo del Medio Oeste, o Page, que era de Nueva York, el clima y sus oportunidades todavía tenían un componente mágico, pero los niños no podían verlo así.

En su caso era un estilo de vida, y a veces Page les envidiaba sus fáciles comienzos, aunque también se alegraba por ellos, puesto que era exactamente lo que había deseado ofrecer a sus hijos: una existencia sin complicaciones, segura, saludable, cómoda, sólida, protegida de todo aquello que pudiera entristecerles o perjudicarles.

Hizo cuanto estuvo en su mano para proporcionarles lo mejor, y disfrutaba viéndoles medrar y florecer.

– Parece que lo has pasado en grande.

¿Tienes algún plan para esta noche? -Si no lo tenía, o si venía Chloe para pasar juntas la velada, quizá Page podría ir al cine con Brad.

Pero quedarse en casa no era ninguna tragedia.

Su marido y ella no habían hecho planes concretos.

Sería una delicia instalarse en el jardín bajo aquel aire tan tonificante, conversar, tomarse un respiro y acostarse temprano-.

¿Se puede saber qué te traes entre manos? Allyson encaró a su madre con nerviosismo, con esa mirada que suele significar: “Destrozarás mi vida entera si no me dejas hacer lo que he estado proyectando todo el día".



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