– Bueno, bueno: el Fausto, de Goethe, en la edición renana. -Y aunque su voz recobró el timbre irónico sonaba curiosamente velada.- Así que también sabemos alemán… Eso está muy bien: conviene escuchar al Diablo en su idioma natal. -Volvió las páginas y pronunció en voz alta:

Grau, teurer Freund, ist alle Theorie.

Und grün des Lebens goldner Baum.


Dejó lentamente el libro sobre el banco.

– Sólo que no era verde el árbol de la vida, no por lo menos el verde rutilante, el verde festivo de la clorofila, sino en todo caso -dijo con amargura- el verde del moho subiendo por el tronco, el verde fungoso de la putrefacción.


Con todo, el doctor Rago no le dirigió nunca directamente la palabra; hablaba para la clase, sin mirarlo, o murmuraba para sí mismo. En realidad, la primera que intentó hablar con él fue la profesora de Literatura. Marisa Brun -ella insistía, con un énfasis cálido y apremiante en que la llamáramos simplemente Marisa- había estudiado Letras no en el Instituto de Puente Viejo sino en la Universidad del Sur. Tenía ojos azules, unos ojos intensos, rápidos, algo burlones, los ojos más perturbadores que yo haya visto, y unas piernas que mostraba bajo el escritorio con una despreocupada y feliz generosidad. Fácil, fácilmente, nos había enamorado a todos. En el primero de sus cambios había reemplazado la lectura obligatoria de El sí de las niñas por Verano y humo, de Tennessee Williams y nos hacía leer los diálogos de Alma y John en parejas que formaba al azar. La chica que me tocó, recuerdo, se avergonzó tanto que no pudo seguir el parlamento. Marisa Brun, sin mirar el libro, dio la vuelta al escritorio y clavó en mí sus ojos irresistibles.

– ¿Por qué no me dice nada? ¿Le ha comido la lengua el gato?

Repetí, enrojeciendo, las palabras de John.



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