
– ¿Qué puedo decir, señorita Alma?
– Usted vuelve a llamarme "señorita Alma".
– En realidad nunca hemos franqueado ese límite.
Sentí entonces, sin atreverme a mirarla, que su mano rozaba mi cara torturada por el acné, y escuché el susurro de su voz.
– Oh, sí. ¡Estábamos tan próximos que casi respirábamos juntos!
Maravillosa mujer; era previsible, después de todo, que fuera ella la primera en hablarle, porque los acostumbrados a seducir, aun los más generosos, tienen este egoísmo de orgullo: el de no querer dejar a nadie fuera de su abrazo.
– Roderer -dijo un día, interrumpiendo una lectura, y volvió a pronunciar, en el silencio del aula, como un suave llamado-. Gustavo Roderer.
Roderer, sobresaltado, alzó la cabeza. Debía ser la primera vez que miraba verdaderamente a la mujer que tenía delante. Ella acentuó la sonrisa un poco más.
– Levántese, no tenga miedo -dijo, y a pesar del tono despreocupado, levemente irónico, noté que no había conseguido tutearlo, como hacía con todos.
Roderer se incorporó; no era demasiado alto y sin embargo, así, de pie, parecía dominarla; una vez más me causó impresión lo extraño que se veía en el aula. Ella se aproximó todavía un paso.
– Señor Roderer: ¿piensa usted ignorarnos cruelmente el resto del año? -Y sonreía de un modo tan imperioso que cualquiera de nosotros se hubiera abalanzado para responder por él: ¡No! ¡No!
Roderer, confundido, miró en torno; también a nosotros parecía vernos por primera vez.
– ¿O es que somos demasiado pueblerinos para usted?
– No, no es eso.
– ¿Qué es, entonces?
Hubo otro silencio; Roderer se debatía angustiosamente, sin conseguir hablar.
– Es… el tiempo -dijo por fin-. No tengo tiempo -y como si hubiera dado por accidente con la única formulación posible repitió, con voz más firme-. No tengo tiempo.
– Ya veo: no es que nos desprecie; sólo que no tiene tiempo para nosotros.
