
Llegarán a la bahía en la próxima travesía.
La voz se filtraba ligeramente en la oreja izquierda de Faivonen: hubiese sonado completamente humana para cualquiera que no conociese al ser que hablaba.
Faivonen, sin mirar siquiera, asintió.
Esto es lo que supongo. ¿Se trata de una extrapolación lineal o permitirá cambios de viento?
El viento decrecerá durante unas horas. Lo he permitido yo — había cierta indignación en la voz —. No poseo información segura respecto a las corrientes, pero como no afluye ninguna a esta bahía, deben ser sencillas. ¿Vas a vigilar la embarcación sin poder ver? Esto te hará perder unas horas muy valiosas.
Vigilaré algún rato. De nada sirve empezar hasta que salgan los soles verdaderos, y antes de irnos no tengo nada que comprobar. Tu no me dejas olvidar lo importante y, aunque no lo hicieras, no sería posible enmendar nada.
La voz no respondió; su dueño ya sabía que había logrado ahuyentar hasta cierto punto las ideas del hombre, relativas a sus compañeros que estaban fuera de vista. Faivonen, no obstante, tenía muy poco en qué pensar por el momento. Ya había planeado con todo detalle la tarea a realizar, que consistía en seguir vivo y aprender cuanto pudiese de la zona a registrar. Si no lograba conservar la vida, lo que aprendiese aún podría serle útil siempre y cuando hallasen su cuerpo y a Beedee. Era lo que por el momento absorbía sus pensamientos, el recuerdo que siempre evocaba. Había hallado a Beedee en el esqueleto de Ruta. La había registrado contra el mejor de los consejos; y el éxito casi le había convertido en algo inútil para sí mismo, para sus hijos y para la colonia.
Esta vez, había logrado una promesa firme de Sullivan: si Faivonen no volvía al barco, alguien iría en busca de Beedee y de la información correspondiente, aunque no lo haría ninguno de sus hijos ni de Ruta. No importaba que cuando llegasen a la edad conveniente fuesen exploradores (tal edad la habían casi alcanzado), pero por el momento tal cosa no era posible. Los chicos no podían…
