
Vigila al barco, si lo deseas, pero aparta de ti esos pensamientos — la voz de Beedee se inmiscuyó en sus ideas —. Si no tienes nada más constructivo que meditar amargamente, insisto en que empecemos. Los soles ya han salido prácticamente.
Esta vez, Faivonen miró al objeto unido a su muñeca izquierda. Sabía que Beedee no podía leer en las mentes. Sin embargo, desde los veinticuatro años que hacía que había conocido a Ruta él sabía leer la mente de cualquiera. Durante los primeros veinte años de matrimonio, y hasta que encontró y heredó el diamante negro, había tenido muchas oportunidades de comprobarlo.
— No estás en situación de insistir en nada — indicó, como era su costumbre, cuando la discusión llegaba a este punto.
— Verdad — replicó Beedee, también según su costumbre —, pero sabes que tengo razón.
Ya hay luz suficiente para la inspección. Recoge el resto de tu equipo y empecemos.
— Tengo hambre.
— Sí, sólo has comido “queso» desde que emprendimos la marcha. Mataste un poco el apetito al cabo de una hora de haber desembarcado y nada más.
— De acuerdo. Acceder es más fácil que discutir.
Faivonen ató el cuchillo, la pala, la cantimplora, el incubador de quesos, la mochila, el arco y el carcaj a diversas partes de su cuerpo. Luego echó una última ojeada al Fahamu que destacaba sobre el rojo horizonte por donde Argo se había puesto unas horas antes, le volvió la espalda a la bahía, y echó a andar por el valle.
Desde el mar, le había parecido un producto de la glaciación. No le sorprendió puesto que conducía hacia el hemisferio frío. Sin embargo, no había el menor signo de arroyo o río que desembocase en la bahía, pese a la intensa vegetación que se divisaba desde la chalupa. La vida vegetal resultaba un poco asombrosa para aquella latitud (ochenta y seis grados al norte del ecuador), donde Castor C ayudaba muy poco a Argo en el recalentamiento del mundo. Un cuidadoso registro de aquellos parajes no ofreció ni siquiera un rastro de riego estacional. Elisha Kent Faivonen se cuidó de corroborar esta observación.
