Faivonen no había prestado atención a la media docena de globos que aparentemente flotaban aprovechando la calma del reborde. Aunque algunos de ellos llegaban a medir hasta dos metros de diámetro, habría necesitado al menos varias docenas para que soportaran su peso.

¿Quieres apostar algo? Te dije que esto era la salsa de la existencia… y digo ¡La existencia! puesto que aseguras que estás vivo.

No lo veo como una apuesta. Sólo trato de aumentar mis probabilidades de continuar observando. Dijiste que esto no era una verdadera apuesta.

— No lo es, de acuerdo, apostaré yo solo. Hay unas matas en el acantilado, algo más arriba, entre nosotros y la chimenea. Yo tengo veinte metros de cuerda y un garfio de escalada. Si logro engancharlo a una mata, podré cruzar hacia la chimenea, mientras la cuerda sostiene nuestro peso.

— Ya me fijé en esas matas. Están a veintisiete metros del reborde.

Entonces, usemos la correa. La ligereza debe ser la principal cualidad.

Bien, utiliza la correa de los globos… sí puedes.

Faivonen se levantó y se acercó al globo más próximo. Obviamente era un ser vivo: sus tentáculos se movían, aunque aparentemente sin objetivo alguno. No mostró enterarse de la proximidad del hombre, ni reaccionó cuando éste se colocó al alcance de sus tentáculos y hurgó en él con el machete. La bolsa de gas era más alta que el propio Faivonen, aunque traslúcida, teñida delicadamente de rosa y naranja. Los órganos vitales, si así podían llamarse. Estaban amalgamados en una estructura del tamaño de la cabeza de un ser humano, en el extremo inferior. Las raíces se irradiaban por encima de esa cabeza, de un modo que a Faivonen le recordaron los círculos antárticos.



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