– ¿Lo pronuncio bien? -preguntó Ethel-. ¿Avaliotis?

– Muy bien -la premió el viejo.

La música alcanzó un tono tan alto que hizo la conversación imposible y Costa tuvo tiempo para advertirse que no debía desviarse del cuidadoso juicio que había venido aquí a formular. Podía constatar que Teddy estaba embobado con la chica, pero quedaban algunas preguntas que él tenía que hacer y algunas respuestas que debía oír.

Indicó el ruidoso tocadiscos con un gesto perentorio, avisando a Ethel que si ella no hacía algo al respecto lo haría él.

Rápidamente Ethel acompañó a los dos hombres hasta el rincón más alejado del tocadiscos que la habitación permitía. Había una butaca para Costa. Ella y Teddy se sentaron en el suelo. Costa tenía las preguntas preparadas y no estaba dispuesto a perder el tiempo.

– Cómo conociste a Ethel, cuéntamelo -preguntó con una sonrisa para demostrar su tolerancia.

– Nos conocimos en un baile -Ethel cogió la mano de Teddy.

– Qué clase… ¡Cierre esa condenada música! -exclamó Costa.

Ethel se levantó de un salto y se apresuró hasta el otro extremo de la habitación.

– ¿Por qué camina de ese modo? -susurró Costa a su hijo.

– ¿De qué modo? -preguntó Teddy.

– Como de puntillas y de esta manera -demostró Costa balanceando los hombros.

Teddy nunca se había fijado en el modo de caminar de Ethel.

– ¿Te gusta, papá? -murmuró.

Mientras hablaba con las chicas que estaban alrededor del tocadiscos, erguida e inmóvil, Ethel parecía balancearse. Sus pies y tobillos, delicadamente torneados, sus largas piernas delgadas que se unían en las rodillas -un beso antes de partir- parecían un soporte inadecuado para el torso de una mujer madura, hasta voluptuosa. También su cabeza, por su largo cuello, parecía en desequilibrio. Toda su persona sugería un tulipán doblándose por la brisa.

– ¿Qué color tiene su cabello? -estaba preguntando el padre.



16 из 450