
Un punto en contra de la chica: algo de su figura inquietó a Costa. Sus piernas eran demasiado delgadas del principio al final. Una griega conveniente candidata para esposa debería ser ancha de caderas incluso antes de quedar embarazada, pero su pecho debería ser abundante -como era el de esta chica, sin duda- sólo después.
Costa miró entonces el rostro de ella. Le recordó… no sabría qué: quizás algunas pequeñas criaturas del mar que había visto, seres transparentes y sin protección, cuyo modo de vida era navegar con la corriente, cualquiera que fuese su dirección.
– Papá -dijo Teddy- ésta es Kitten. [3]
– Ethel -dijo ella.
– No le gusta su apodo -rió Teddy-. Únicamente lo ha tenido durante… ¿cuántos años? ¿Diez?
– Estoy muy contenta por conocerlo -dijo ella al anciano-. Finalmente.
Se ruborizó de nuevo, como si se hubiese mostrado demasiado atrevida, o quizá porque Costa estaba observándola con tanta gravedad. En su sonrojo se volvió hacia Teddy, y de nuevo hacia Costa.
– También yo estoy contento, señorita -le dijo Costa-. ¿Cómo puedo llamarla?
– Me llamo Ethel. Ethel Laffey.
– Pues Ethel.
– Tampoco me gusta Ethel. Fue idea de mi madre. Nunca supe el porqué.
– Bueno -dijo Costa-, ¿cuál de ellos…?
– ¿Te disgusta menos? -preguntó Teddy riéndose.
– Kit, creo -dijo Ethel-. Así me llaman todos, Kit. Desde el instituto. O Ethel. Me da lo mismo -concluyó sacudiendo la cabeza y haciendo unos ruiditos de autodesaprobación-. ¡Qué tontería! -añadió-. ¡Qué tonta! Lo que quiero decir es que me llame usted como quiera porque estoy muy contenta de conocerlo, míster Avaliotis.
Costa sonrió a su hijo.
– ¡La has enseñado muy bien a pronunciar mi nombre!
– Ha estado practicando -dijo Teddy.
