
Oyó entonces el ruido de las zapatillas que su esposa arrastraba por el vestíbulo.
– ¿Quién ha llamado por teléfono? -preguntó Noola.
– Teddy -respondió Costa.
– ¿Sí? ¿Qué va mal?
– Nada. Ven a la cama. Quiere casarse.
– Bien.
– No es aquélla. Es una nueva. Esta es americana. Quiere que yo vaya a conocerla.
– ¡Oh, Dios mío!
– Me envía dinero.
– ¿Qué pasó con la otra?
Costa se encogió de hombros.
– ¿Cuándo te vas? -preguntó la mujer.
– Aún no me he decidido a ir -respondió Costa.
– Si Teddy manda el dinero -dijo ella-, esto quiere decir que…
– Dzidzidzidzidzi… -dijo Costa.
– Yo cuidaré del almacén, no te preocupes.
– ¿Las oyes? Cigarras. Las mismas de las noches de Kalymnos. Dzidzikia.
Cuando Costa Avaliotis era un muchacho de diez años, su padre lo había traído a Florida desde Kalymnos, una isla del mar Egeo. Ahora, a sus sesenta y dos años, Costa continuaba refiriéndose a Kalymnos como a su hogar.
– Si envía el dinero -insistió Noola-, él ya lo tiene decidido.
– Ha dicho que todo estaba arreglado. -Se volvió, encarando a la mujer.- ¿Por qué no te vas a la cama? -le preguntó.
– Me imagino -comentó Noola- que él cree saber mejor que tú lo que necesita.
– Escogió la primera sin presentárnosla antes. ¿Has visto lo que sucedió?
– Oh, Costa, ahora ya es un hombre crecido, tiene veintitrés años. ¿Qué quieres? Esta vez te pide que vayas a verla. Teddy es un buen chico. Y listo también.
– Listo para otras cosas. No para esto.
Costa volvió la cabeza, mirando a lo lejos, dando por terminada su conversación. Oyó las zapatillas de la mujer arrastrándose por el vestíbulo.
